Hubiera bastado una vuelta más de la cucharilla para perderla. Luis se encontraba en el torbellino familiar del café que subía; ella bajaba por la calle con la esperanza de encontrar una tienda abierta.
Luis apagó el fuego y la cafetera se calmó. La taza, con restos aún del desayuno, recibió el nuevo líquido negro.
Una primavera traicionera de comportamiento tan voluble como un niño que no sabe a qué jugar, dejó salir el sol mientras descargaba granizo.
Luis sacó la leche del frigorífico y miró la fecha de caducidad igual que había hecho por la mañana. El negro abrazó al blanco y en la taza surgió un color a tierra, lecho caliente que se ofrecía a recoger la simiente dulce del azúcar, acto último del onanismo cafetero que la cucharilla agitaría hasta el orgasmo espiral.
El toldo extendido de la boutique cerrada le sirvió de paraguas. Luis dejó la cucharilla y se volvió hacia la ventana dispuesto a desterrar una vez más su ansiedad. Fijó su vista en el exterior mientras se apaciguaba con el primer sorbo de café.
El tamborileo acabó y ella, elevando su vista al cielo caprichoso, encerró en una vida la imagen en la ventana: señor con bata gris y gorra a cuadros bebe café.
Acabaron el paquete de un cuarto de kilo y Luis bajó a la tienda abierta.
1 comentario:
Jodío, esto es bueno.
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