jueves, 2 de octubre de 2008

Apunte musical (General)

Ha bastado un poco menos de dos meses alejado de la colección de música que me acompaña desde hace años, años tan variados como esa colección, años que han ido transcurriendo con una banda sonora permanente, con una canción para un momento, un disco (aún hablo de discos y me muerdo la lengua para no decir LP) para un golpe de inercia para que adquiriera la dolorosa conciencia de cuánta de esa música que se almacena en el otro disco duro, en ese que puse sobre mis hombros y que, mal que me pese, es capaz de guardar todo aquello que pasa por entre mis oídos, por delante de mis ojos, por la extensión de mi piel, por el doble canal de mis fosas nasales unidos en su punto exacto con las sensaciones de las papilas gustativas, ni la quiero ni la acepto. Y sin embargo, ahí están todas esas canciones inanes pero perfectamente hechas para que se claven como la picadura de un insecto que sólo doliera cuando tuvieras las defensas bajas.
Y sólo hizo falta ese lapso de tiempo, esos dos meses con los pies de barro, sin un punto fijo sobre el que apoyar la palanca de mi existencia, con la promesa de una habitación lejana pero donde pudiera anclar, marinero que llega a tierra al final de la temporada de pesca, para que fueran arreciando, temporal maldito de notas de mierda, trayendo a la orilla de mis labios toda la basura que dentro, dentro, muy dentro, se acumula sin remedio.
Y así, me desperté un día con la primera señal de alarma en forma de Ana María yéndose a la playa. Pero nunca hacemos caso de las señales hasta que estas son tan duras que determinan ya tu tráfico vital. Y durante unos días ese tráfico me ha ido poniendo obstáculos musicales que solo en una edición especial de los 40 Principales se dignarían a programar.
Pero conseguí aliviar la enfermedad, seguro como estoy de que no tiene cura, que sólo la ingesta programada de esa colección que me acompaña y que crece puede paliar los efectos de una invasión de mi intimidad a la que siempre estaré expuesto.
Me calmo pues y me inyecto, en este sudoroso día vietnamita, una selección de píldoras calmantes.

lunes, 24 de marzo de 2008

Señor con bata gris y gorra a cuadros

Hubiera bastado una vuelta más de la cucharilla para perderla. Luis se encontraba en el torbellino familiar del café que subía; ella bajaba por la calle con la esperanza de encontrar una tienda abierta.

Luis apagó el fuego y la cafetera se calmó. La taza, con restos aún del desayuno, recibió el nuevo líquido negro.

Una primavera traicionera de comportamiento tan voluble como un niño que no sabe a qué jugar, dejó salir el sol mientras descargaba granizo.

Luis sacó la leche del frigorífico y miró la fecha de caducidad igual que había hecho por la mañana. El negro abrazó al blanco y en la taza surgió un color a tierra, lecho caliente que se ofrecía a recoger la simiente dulce del azúcar, acto último del onanismo cafetero que la cucharilla agitaría hasta el orgasmo espiral.

El toldo extendido de la boutique cerrada le sirvió de paraguas. Luis dejó la cucharilla y se volvió hacia la ventana dispuesto a desterrar una vez más su ansiedad. Fijó su vista en el exterior mientras se apaciguaba con el primer sorbo de café.

El tamborileo acabó y ella, elevando su vista al cielo caprichoso, encerró en una vida la imagen en la ventana: señor con bata gris y gorra a cuadros bebe café.

Acabaron el paquete de un cuarto de kilo y Luis bajó a la tienda abierta.